sábado, 29 de febrero de 2020

Ponerse en órbita

Hace poco acabé por cumplir 25 años. Mi único regalo fue que mi pareja cocinó. Fue relajante no cocinar por un día, al menos. No hubo torta ni otros regalos materiales, pero estoy conforme con eso. A medida que van pasando los años, aprendí que tengo que estar agradecida de estar respirando un día más. Así es la vida del pobre: un poco conformista y con muchos sueños en la mochila.
Haciendo una pequeña retrospectiva hacia los últimos tiempos, me doy cuenta que estuve más tiempo estresada y triste que alegre y despreocupada. La incertidumbre de no saber de dónde vendrá el próximo peso es bastante alta: las compras cotidianas cada vez son más difíciles de costear, ni hablar de manjares y otros gustos. Sólo hay internet porque acá se cree que es imprescindible para la vida diaria. No estoy ni a favor ni en contra, no me quejo tampoco, puedo hacer cosas productivas con ello. Descargarme acá es una de ellas.

Por día estoy enviando unos 20-60 currículums vitae a las distintas ofertas que hay en los portales de empleo. Estoy campeando el teléfono celular de mi pareja casi las 24 horas del día, sin ninguna noticia positiva. Mi casilla de email es una avalancha de 'te postulaste a puesto x', 'empresa x ha visto tu cv', 'tu cv no sigue en proceso de selección'. Es desesperante. La lenta ruta que tengo que seguir recorriendo hasta conseguir un trabajo fijo es, de por sí, desesperante. Pero lo que más me aletarga mentalmente es ver cómo mi pareja va cayendo en un pozo depresivo inminente y sin escapatoria. Siempre trato de alentarlo con palabras dulces y serle lo más comprensiva posible, pero a veces ni yo sé como enfrentar mi vida.
Lo vi caer lentamente desde el día en que lo echaron. Más sorprendido que triste, lo acompañé a firmar unos últimos papeles de despido proporcionados por la fábrica donde trabajaba. Luego de despedirse de unos compañeros, los cuales también fueron despedidos, vomitó de los nervios en medio de una escalera de cemento, con acceso próximo a una estación de trenes. Avergonzado, me pidió que no hable de ello con nadie, supuse que no le gustaba que lo vieran vulnerable. Viéndolo del lado positivo, que él me haya mostrado esa vulnerabilidad, me hizo sentir feliz, haciéndome creer que confiaba plenamente en mí. Lo abracé contra su voluntad y le dije que todo iba a estar bien. Él sólo asintió.
Ya han pasado seis meses desde ese día y ninguno de los dos está mejor que antes. Quizás sea la costumbre, pero los días parecen fotocopias deslavadas del día anterior. No es que me afecte tanto tampoco, la vida tranquila le agrada a cualquier ser humano. Pero, al ver que los trabajos no salen para ninguno de los dos, me hizo replantearme muchas cosas que, hasta éste entonces, no había tenido la necesidad de pensar.
Pensé en vender algún tipo de producto (como Avón y esas cosas), pero para ello necesitaba inversión o una carta de clientes; quedó descartado casi al mismo tiempo en que apareció en mi cabeza como opción. Luego me dije que podría postularme en alguna peluquería de mala muerte para adquirir un poco más de experiencia en colorimetría o maquijalle (tengo conocimiento en ambas), pero ni siquiera las más caseritas peluquerías de barrio querían pagar el sueldo a una colorista especializada o maquilladora social. Vendí unos cuantos objetos personales (como celulares o ropa) para poder ayudar en casa. Hasta pensé en vender droga en este barrio lleno de fisuras, pero tampoco quería manchar mi nombre estúpidamente, además que estaría total y absolutamente desaprobado por parte de mi pareja. Entendible en cierto punto.
Con lo que él cobró de la indemnización (caratulado despido sin previo aviso y sin motivo), decidió comprar lo necesario para vender bebidas durante la noche, ya que todos los negocios en el barrio cierran entre las 20:00 - 21:00 horas. El problema a todo ésto es que su dinero se está agotando y aún no conseguimos un buen precio para hacer dicha compra. Todo está tan costoso, que dudamos si pasamos del primer día de ventas.
Mi pareja es un hombre fuerte e inquebrantable a los ojos de todos, aunque yo sepa que a veces tiene miedo. Él no pierde la fe hasta agotar todas las posibilidades. Lo apoyo en todas sus decisiones, como siempre, aunque no quiero vivir como ahora: sin saber de dónde vendrá el próximo peso. Su emprendimiento puede ir muy bien, especialmente en un barrio donde se vende alcohol las 24 horas del día, pero también quiero ayudarlo a mantener ese pequeño negocio, ya sea comprando mercadería o atendiendo las veces que pueda.
Siendo sincera conmigo misma, quiero lograr cierta independencia de su ala protectora, no por rebeldía, sino para poder consolidarme, tener confianza en mi misma, dignificarme. Es lindo que te compren cosas y que se preocupen por vos, pero prefiero ganarme mi propia plata y comprarme las cosas que quiero con el propio sudor de mi frente. Siempre me gustó ser la que mantiene más que la mantenida. Las situaciones de la vida se dieron así, en las que ahora la mantenida, lamentablemente, debo ser yo. Si tuviera la posibilidad, yo sería el sostén económico de la casa porque así me gusta ser. Como ya dije anteriormente, la falta de posibilidades en este mundo tan pequeño me llena de incertidumbre. No sabía con exactitud lo que sentía hasta que me vi desempleada por mucho tiempo. Es el sentimiento más desagradable que pude haber sentido jamás, ya que consigo arrastra la desesperación, la inferioridad, la devastación  y la depresión. Más difícil es cuando no tenés con quien hablar de ello. Tus pensamientos se nublan turbiamente y no te dejan ver los caminos con claridad. Muy a mi pesar, el simple hecho de estar triste y estresada constantemente, le está pasando factura a mi cuerpo, mi psiquis y a mi pareja. No discutimos ni nada, pero mi mal humor termina por infectar su buen corazón, tornándolo turbio de vez en cuando por mi culpa.

Hay días como hoy en los que lo veo estático en la computadora, jugando por no morir, sus expectativas bajaron a cero en los últimos seis meses. Lo único que lo mantiene con vida son los juegos, y lo único que me mantiene con vida es él. Hace unos días, uno de mis tantos cuñados me dijo que siga esforzándome para salir del pozo de donde estamos, ya que mi pareja es de esas personas que siempre necesitan un empujón para poder levantarse. Se agradece el consejo, pero sigo sin poder encontrar soluciones... En realidad, la única solución es encontrar un trabajo estable, con el cual poder tomarlo de la mano y así poder nadar hacia la superficie. El sentimiento de sentirse ahogado es uno de los peores. Y no quiero eso para el resto de mi vida. No sé de dónde sacar fuerzas para nadar, pero de algún lado tendré que ingeniármelas.

Ojalá hubiera terminado la carrera de periodismo en el tiempo justo. O hubiera dado el First Certificate en la escuela para poder trabajar de traductora a tiempo completo. De todas maneras, no importa cuán instruida esté, el teléfono sigue sin sonar.

domingo, 23 de febrero de 2020

Physical

En términos de relaciones amorosas, no soy una experta. Como todo mundo, tuve mis buenas y mis malas parejas; experiencias con las que uno va creciendo internamente, tanto emocional como racional. Llegado un tiempo adulto, comprendés que no todo lo que brilla es oro, que los príncipes azules no existen y demás detalles a los que, por desgano, no quiero entrar.
No sé en qué punto de mi vida comencé a ver desaparecer frente a mis ojos esa magia a la que llaman amor. Con el pasar de los años, lo veía cada vez más banal, más falso, más irrelevante. Son pocas las personas a las que realmente amé y que fueron parte de mi crecimiento. Pero también, tomé noción que nada es como en las novelas de Danielle Steel, ni mucho menos. A veces, quien más debe cuidarte, amarte, protegerte, es quien más se desempeña dañándote. A veces, las personas no valoran el amor. Podría decirse que, a lo largo de los años, me di por vencida.
Todos engañamos, todos mentimos, todos hicimos cosas que nos arrepentimos, pero que indudablemente nos hicieron crecer.

El amor adulto es tan distinto al amor adolescente...

Recuerdo que las mariposas revoloteaban en mi estómago, que contaba minuto por minuto, imaginaba la iglesia donde me casaría, imaginaba mis hijos, mis sueños realizarse en blanco y dorado. Supongo que era la ingenuidad que me inculcó el catolicismo, pero así era mi percepción por esos años. Ahora, literalmente, hacer un guiso de fideos moñito es la muestra de amor más bonita que puedo profesar a mi pareja.

Casi nunca hablo de él. Es un chico medianamente más alto que yo, extremadamente delgado y con un sentido del humor bastante ácido. Criado por la calle, siempre tuvo que pelear en las panaderías por pan para poder comer. Sus padres dejaban mucho que desear. Creció pensando que el amor sólo se demuestra con sexo y que las palabras bonitas son sólo para concluir en contacto físico. En su vocabulario jamás habrá un te amo o un te quiero, siquiera. Al principio pensé que podría lidiar con eso, pensando que capaz sería la primera la cual le despierte la necesidad de pronunciar esas palabras. Creo que, si me las dijo unas dos o tres veces, es demasiado. No es grave, puedo vivir con eso.
Lo que más me choca de él es su frialdad. No es de esas personas las cuales tienen a su pareja al lado a todo momento, o que la presumen en alguna red social; en un principio pensé que tenía vergüenza de mí. A veces lo pienso de todos modos. No puedo pedirle mimos ni besos porque no le gusta, tampoco puedo hacerle cariños más de cinco o diez minutos por el mismo motivo.
Ya pasaron casi dos años desde que tuvimos que vivir juntos. A pesar de todo, él es un gran chico. Indirectamente, siempre se preocupó por mi bienestar, de que no me falta nada y un plato caliente en la mesa para mí. Aunque ambos tuvimos que renunciar a muchísimas cosas que, de una u otra forma, ya no podemos tener el lujo de darnos.
Fue decepcionante cuando vi que trataba 'muy bien' a ciertas mujeres, diciéndole cosas como 'estás hermosa', 'me extrañaste?', 'quiero verte'. Trataba de controlar mis celos infundamentados pensando que quizás eran todas amigas de él y listo. Pero mi firmamento se desmoronó un día que discutí con uno de sus hermanos. Éste sujeto en cuestión me gritó que yo no merecía el afecto de mi pareja y alegó que ojalá me deje por alguna otra chica mejor que conozca por Tinder, aplicación que recientemente se había descargado por aquel entonces. Mi corazón se terminó de romper con aquello. Pensé que quizás mentía, pero cuando noté que mi pareja mezquinaba el teléfono o estaba distante, tratándome mal, todo tomó color en mi cabeza.

Supuse que el amor adulto era así. Mis hermanos mayores engañaron a sus mujeres en algún punto de la relación, al igual que mis hermanas con sus parejas de turno. Tengo un recuerdo de hablar con mi madre de ésto, y recuerdo a la perfección su respuesta: 'Las cosas se pegan por extrema necesidad o extremo cariño; nunca quedan igual, pero siguen funcionando'.

Si me preguntan si él es el amor de mi vida, mi respuesta es no sé, no pasó todo una vida para poder contestar. Pero... veo su cara, su sonrisa, su voz. Acepto ciertas actitudes sólo por cariño. Entendí que el amor adulto es así: alguien tiene que ceder por el bienestar común. Si me preguntan si lo sigo amando, la respuesta es sí, más que ayer y menos que mañana. Lo amo como si nunca más fuera a ser lastimada emocionalmente, como si no me fuera a doler el alma.
A pesar de todo, él es mi pilar, quien me protege, quien me seca las lágrimas, quien escuchas mis preocupaciones más profundas. Son mágicos los pocos segundos que toma mi mano; es magia pura cuando sonríe. Es mágico saber que con su voz puede romper cada uno de mis huesos. Es el ser más indirectamente cálido que conocí, si algo así tiene sentido. Él me hizo volver a ver esa magia que había desaparecido, me hizo creer que era real. Volvería a elegirlo a pesar de todo. El amor adulto es así: caprichoso, indeciso, egocéntrico.
Aprendí a transformar esas pequeñas heridas en la fuerza que me falta para salir adelante con mi vida, ser mejor persona. Él dejó esos 'hábitos', o al menos por ahora, siendo consciente de nuestra propia realidad y de lo que conlleva una vida como la nuestra. No vamos caminando tomados de la mano, pero sí a la par. Supongo que eso es lo importante en éstos tiempos, en los tiempos adultos. Ambos somos pareja, una muy extraña, pero pareja en fin. Únicos en mil millones, irrepetibles. 

sábado, 1 de febrero de 2020

Umbrella

Ah shit, here we go again...

Tardé bastante en reaparecer, pero no, no pienso eliminar otro blog más ¡ja, ja!
No ha pasado mucho desde la última vez que anduve por acá. Prácticamente, todo fue una seguidilla de hechos desafortunados que me condujeron lentamente a la más ligeras de las locuras. Y digo ligera porque no quiero exagerar atrozmente algo que se soluciona con un cambio de perspectiva. Como meta de éste año, elegí tratar de ser un poco más positiva con respecto a mi futuro, aunque bien sé que no todo pueden ser miel y rosas.
El año comenzó bastante tranquilo: fiestas frívolas y comida barata (como pollo y empanadas) para mermar la crisis económica, algunas rankeds de LoL bastante fallidas, las mismas amistades dispersas por las redes. Como bien lo expresé anteriormente, estaba en una búsqueda implacable de trabajo; al comenzar el año, podría decirse que tripliqué esos esfuerzos por encontrar algo más cómodo para mí y para las personas con las que vivo. No aportar nada  me hace sentir bastante mal, y más por todo el tiempo que pasé sin encontrar nada fijo.
Pasaron pocos días cuando conseguí mi primera changa del año: enseñarle a una nena de unos doce años temas básicos de primaria, como dividir por dos cifras o como diferenciar verbos de sustantivos, para así poder terminar un trabajo práctico que debía entregar al colegio cuando vuelva a clases. Si habré ido unos tres días a su casa, fue mucho. Su madre me había encomendado algo que era meramente imposible para mí. Esta niña ni siquiera SABÍA LEER. El trabajo práctico consistía de catorce hojas, de las cuales ocho eran de pura comprensión de texto. ¿Cómo podría hacerlas si esta creatura de Dios ni siquiera sabía leer palabras básicas como HOLA, MAMÁ o CASA? Entré en un eclipse mental, tratando de explicarme dónde estaba el problema: ¿la casa o el colegio?. Recapitulando un poco en otros alumnos que solía tener del mismo establecimiento, me di cuenta que, de los seis que había tenido, sólo uno sabía leer; no por un arduo trabajo del personal educativo o de los padres de éste, sino porque le fascinaba leer sobre los planetas en viejas enciclopedias que conseguía de la capilla del barrio. Básicamente, aprendió a leer por interés propio. Todos los demás eran dejados a su suerte, dejando que pasen de grado en grado, llegando así hasta el secundario sin saber relacionar el sonido de dos letras para formar una simple sílaba. Por otra parte, la familia de ésta última niña es bastante problemática y no la empujan a ser más responsable, o siquiera a prestar más atención. Su madre es mal vista por el barrio por estar con otros hombres que no son su marido, mientras éste es un borracho y golpeador. Supongo que si estoy en los pies de esa nena, yo tampoco tendría muchas ganas de estudiar...
Mandaba (mando) aproximadamente de veinte a treinta y cinco currículums al día, intentando tener suerte. Enviaba de cualquier cosa, hasta de lo que no quería trabajar. Soy una persona bastante capacitada en muchas áreas; no tenía ni siquiera previsto enviar un CV para pedir trabajo de limpieza. Tengo la vara sobre mí misma muy alta porque estudié siempre para ser mejor, lo mejor de lo mejor. Creo que sería un desperdicio rebajarme a algo así. Peeeeero cuando hay hambre, no hay pan duro, dicen por ahí. Tampoco me voy a morir por limpiar un baño, y no es la muerte de nadie. Envié CV a empresas o particulares de todas las índoles, sin obtener resultado positivo alguno.
Un día, simplemente llegó un mensaje de Whatsapp diciendo que tenía una entrevista a un colectivo de distancia de mi casa. Creo que desde hacía mucho tiempo no me sentía tan emocionada por una propuesta de trabajo. Era para trabajar de vendedora de tarjetas de crédito. No era el trabajo ideal y mucho menos el que esperaba, pero está bien. Me seleccionaron unos días después para la capacitación; consistía en enseñarnos una nueva estrategia de venta, donde se le hacía creer al cliente que tiene el poder de decisión y de la conversación en sí, pero que el único dueño y señor de las posibilidades es netamente el vendedor. Fue interesante cómo esa minuciosa estrategia de venta era funcional para otras ramas cotidianas, como por ejemplo, ganar fácilmente una discusión. La emoción no duró mucho cuando vi que no me llegaba ningún mensaje de confirmación para ir a firmar el contrato. Peor aún, ya había comprado el que sería mi uniforme (sí, el uniforme tenés que llevarlo vos) y había hablado con mi pareja para que me prestara el celular, así llevármelo y hacer cuentas mucho más rápidamente. Supongo que no quedé por mi actitud sumisa; para éste trabajo se necesitan personas cara duras y muy difíciles de convencer, para poder batallar con los posibles clientes.
Devastada, una vez más, me hallaba tumbada en la cama pensando en el ¿ahora qué?. Más allá de haberme prometido a mí misma sobre mi cambio de perspectiva, se me hacía muy difícil afrontarlo. Cada vez fallo más y se me acaban las pocas opciones que me iba dibujando en la mente. Al menos, tengo una cama donde dormir, comida en mi mesa, y personas increíbles que, a pesar de las diferencias, no dejan que siga decayendo en el mismo pozo oscuro y deprimente de hace unos años atrás. Capaz tenga que pensar un poco más en las cartas que tengo para hacer una jugada certera, pero los caminos son inciertos. Igual, me siento tranquila. Siempre que llovió, paró. Siempre después de un día nublado, sale el sol.

Lo estoy haciendo bien, ¿no? ¡Que todo sea positivo (excepto el Evatest)!

lunes, 18 de noviembre de 2019

Soledad

Ah shit, here we go again...

Los sueños siempre han sido un motor muy grande para mi vida desde que tengo uso de conciencia. Soñaba ser una gran artista, una dibujante experta, autora de cientos de libros que cultivaran las mentes más jóvenes y sedujeran a los más longevos. Soñaba con ser alguien muy distinta a la que soy ahora: fría, conformista y asquerosamente pesimista.
Mi sueño original era dominar todas las 'ramas del arte' posibles: quería actuar como hipócrita, quería bailar como diosa, cantar como sirena, dibujar como Rumiko Takahashi y escribir como Federico Andahazi. Más de una vez escuché la tortuosa frase 'no podés vivir del arte'; no niego que la mayoría de las veces sentía que me lo decían por mi bien, pero me hacía retraerme a un punto de no retorno, me aislaba cada vez un poco más cuando lo repetían. Comencé lento con ésta misión auto-impuesta para lograr mi cometido de ser una artista completa: compraba a escondidas libros que enseñaban técnicas de dibujo, me anotaba en concursos de poemas, asistía a clases de aeróbica y me inscribí en el coro del colegio católico donde estudiaba, además de asistir a las clases de teatro del mismo. Tuvieron que pasar varios años para que me diera cuenta que, en realidad, mis únicos talentos eran dibujar y escribir. Y hasta ahí nomás. Mi cuerpo es demasiado tosco y me faltaba coordinación como para bailar, mis interpretaciones poco creíbles y pulidas me hicieron salir de las clases de teatro, y sin mencionar que mi voz jamás logró un punto de afinación mínimamente buena. Descarté el canto, la actuación y el baile, enfocándome al máximo en dibujo y escritura.
Tengo un recuerdo doloroso de cuando intenté hacer una suerte de 'exposición de pintura' en mi propia casa, decorando los pasillos con mis mejores piezas. Había trabajado en ello mientras mis papás tomaban una siesta y mis hermanos trabajaban. Cuando cayó la noche, convencí a todos, a duras penas, de que recorrieran los lugares de la casa donde había dejado dibujos colgados; no sólo les restaron importancia, sino que también me comí varios regaños por arruinar la pintura de las paredes. Eso fue una bisagra, un antes y un después. Quizás mi familia pensaba que sólo era una nena jugando, pero me sentí tan sola en el universo luego de su reacción, que rompí todos y cada uno de los dibujos que había puesto en exposición. También me retaron por romperlos, diciendo que era demasiado problemática. Tenían razón, pero por ese entonces pesaban más mis sueños rotos que sus visiones de lo que estaba bien o mal. Me dolía la desaprobación. Lentamente fui dejando de dibujar.
Busqué encontrar aceptación en mis amigos de aquel entonces. Entre éstos, habían algunos que se proclamaban mis seguidores, admiraban cada uno de mis pequeños avances y me daban alientos para seguir. Les gustaba leer lo que escribía y admirar mis ilustraciones desganadas en mis primeras (y muy jóvenes) novelas amorosas. Con el tiempo, fui perdiendo el contacto con esos amigos, confidentes de todos mis movimientos. No quise molestarlos una vez que caí en que no había sabido nada de ellos por meses, creía que era un descaro; por alguna razón se habían alejado, estaban en su derecho.
Escribir es la actividad que más me sacó de esta realidad. Me adentré en la escritura cuando supe que, en mis universos, podía ser quien yo quisiera, vivir y hacer sentir experiencias a los lectores que nunca antes habían siquiera imaginado. Por ese entonces, me gustaba mucho la poesía libre sobre amores quebrados, la desesperación y las ilusiones. Las posibilidades eran infinitas.
Tenía un Blogspot aún más activo y antiguo que éste, pero lo di de baja recientemente por los recuerdos malos que acarreaba.
Cuando pude al fin tener seguidores fijos que me leían cada post recién salido, comentarios positivos y críticas constructivas, dejé de escribir. En el momento donde creí estar en la sima, mi padre falleció repentinamente, llevándose consigo mis pocas esperanzas e inspiración. Intenté, sin embargo, seguir escribiendo como si no me afectara lo que pasó, pero fue inútil.
Toda la formación artística que adquirí quedó en la nada. Después de tantos esfuerzos me convertí en lo que no quería: una renegada pensadora del '¿qué hubiera pasado si..?'. Actualmente, estoy rodeada de personas que no son atraídas por el arte; es más, tienen a Bad Bunny como ídolo supremo. Patético.
Aprendí a convivir con el hecho de que nadie va a darme la atención necesaria para siquiera tener una crítica constructiva de un proyecto en pañales. Una vez más, me siento sola en el mundo, como cuando hice añicos esos precarios dibujos de mi exposición fallida. Dejo caer mi mirada al suelo en busca de algún camino claro pero sólo hay piedras, el cielo está nublado y siempre es de noche.

sábado, 16 de noviembre de 2019

Desempleo

Ah shit, here we go again...

Como todo el mundo sabe, la situación argentina no es muy buena que digamos. Desde hace ya varios años que se veía venir una inminente crisis, tanto social como financiera. En muchos medios de comunicación se dice que el país se saca adelante trabajando, mientras que en tantos otros anuncian que estamos al nivel de Venezuela, o quizás peor. Yo no me proclamo partidaria de ningún partido político ni mucho menos, pero sí puedo afirmar que sin trabajo uno no puede salir adelante de la crisis y que, también, está todo más caro, los sueldos básicos no alcanzan y cada vez está más difícil encontrar trabajo.
La mayoría que está leyendo esto no me conoce, pero me describo muy rápidamente: no soy ninguna iluminada en materia de economía (aunque tengo algo de formación), no tengo grandes aspiraciones y no poseo una capacidad de afrontar grandes problemas sin perder los estribos. Mi poca capacidad comunicativa y mi dislexia nerviosa a veces me juegan en contra, pero estoy segura de que puedo plasmar lo que pienso de la situación actual en este post.
Me importa muy poco si son de derecha o izquierda. Todos vivimos distintas realidades asociados directamente a nuestros ingresos: los más pobres (me incluyo) no pueden darse una vida de lujos puesto que tienen distintas prioridades a otras personas con un ingreso económico mayor. Quizás están todos tan acostumbrados a la idea que nunca van a necesitar pisar la tierra húmeda con los pies desnudos que se olvidan que otras personas sí tienen que hacerlo. No estoy poniendo en un pedestal a la clase obrera y acuso de tiranos a los que viven en la punta de la pirámide; sé muy bien que hay personas de todo tipo en ésta vida, pero generalizo en función a lo que conozco, a lo que me tocó vivir y a lo que veo casi diariamente.
Como toda persona de veinticuatro años, busco resolver mis problemas con dinero dignamente ganado: conseguir un trabajo, aunque sea en negro y sin seguro, ganar unos pocos pesos para poder vivir o darme pequeños lujos, pasar desapercibida por la vida. Como dije antes, no tengo grandes aspiraciones; esos sueños quedaron muy en el pasado para mi. Más allá de todo, a veces  sigo imaginando qué hubiera sido de mí si esos sueños se hacían realidad. Chiquilinadas de momento. El problema principal radica en que es imposible encontrar si quiera un empleo para cubrir las necesidades básicas de cualquier ser humano. Y eso me frustra.
En mi casa no me hace falta nada: tengo comida, una cama caliente donde dormir, un techo sin goteras y el amor incondicional de mi pareja. Sin embargo, nunca me gustó ser mantenida por alguien. Algunas experiencias de vida me hicieron valerme por mí misma durante muchos años, estoy acostumbrada a una independencia económica marcada... Y es por eso que me siento algo triste y renegada por no poder aportar dinero a la casa. Intento consolarme en lo mismo dicho anteriormente (no necesito nada) pero sin dudas me hace sentir bastante inútil.
No hay discusiones por el tema plata en casa. No vivimos con lujos ni mucho menos, pero supongo que también nos acostumbramos a vivir con lo simple, sin las aspiraciones a grandeza que todos alguna vez tuvimos. No digo que sea una presión externa el dejar ciertos sueños en el olvido, sino que cada vez es más difícil verlos realizarse. No sé si me explico bien...
De todos modos, sigo en la lucha de encontrar algo estable en donde poder refugiar las pocas ilusiones que me quedan. Lo siento muy lejano en la realidad en la que vivo, pero ey, soñar es gratis.

Ponerse en órbita

Hace poco acabé por cumplir 25 años. Mi único regalo fue que mi pareja cocinó. Fue relajante no cocinar por un día, al menos. No hubo torta...